PUERTA…

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Ante bajones anímicos, todo el mundo se pone a dar consejos, sin pararse a pensar que lo que necesitamos es estar tristes, sentir miedo o enfadarnos por una nimiedad. Sabemos de sobra que tendríamos que estar más activas, mantenernos ocupadas en actividades placenteras o estar empleando nuestro tiempo en promover la vida social.

La mayoría de las veces nos centramos en el presente, dejamos la culpa en el pasado, para que no vuelva y las preocupaciones en el futuro, que aún no ha llegado. Esas mismas veces u otras, nos adecuamos a la realidad, nuestras expectativas y aspiraciones se relacionan con lo que somos y en base a ello nos organizamos y planificamos.

Entonces, que nos respeten que ahora no queramos nada de eso, no porque nos guste estar así, sino porque es necesario estar con la batería a medias para recargarnos de nuevo, con algo o alguien que está esperándonos en cualquier lugar. Somos la misma persona, independientemente de todas esas emociones, las que gustan a la gente y las que quieren hacerlas desaparecer.

Mientras no molesten demasiado, esas emociones desagradables son positivas, ya que nos ayudarán a desarrollar un pensamiento más positivo, a ser productivas y a buscar, de nuevo, los momentos felices que se han escondido tras alguna puerta.

NADA MÁS…

Hace mucho tiempo que no escribo. Mi mente se ha ido de viaje, a pesar de que a mí no me lleva. Incapaz de centrarse, salvo para labores de trabajo y aún así, de vez en cuando, coge un tren a no se sabe dónde.

Tengo muchas cosas que decir, eso también ocurre cuando os leo, sin embargo, doy la callada por respuesta. Supongo que esto sea una etapa, y el modo locura esté a la vuelta de la esquina, que es lo que ayuda para que este letargo, tipo osa, vaya desapareciendo.

Al menos este fin de semana he visto el mar, esos playas vacías y esos pueblos costeros, donde en verano se pide permiso para moverse. Hoy hace sol y un frío del carajo, así que seguimos con pañuelo al cuello no sea que la gripe aparezca y no nos deje asomarnos a la calle.

Y nada más, que ya es mucho.

FUTURO…

Hablar de futuro hace pensar en planes a cortos plazo, en organizar un poco el día y poco más. Ese es el futuro. Acordar con los amigos ir al teatro, celebrar algún que otro cumpleaños, visitar la consulta médica, coger un teléfono o trabajar. El futuro incluye hacer algo por los demás, sentir o querer. No sé muy bien el orden, la cantidad, o la finalidad, es algo que está ahí. También implica tener un espacio para la propia persona, para quererse y valorarse, para continuar con la búsqueda de un sentido, de un propósito de vida. Del presente parte el camino para todo lo anterior.

Más allá de eso no hay mucho más porque el futuro es incierto, sin planes, sin preguntas ni respuestas. Pensar demasiado en el mañana, obsesionarse por realizar planes de futuro y cumplirlos, puede generar un estado de ansiedad, que no es nada bueno para la salud. Y no es que no nos preocupe lo que vaya a ocurrir, es que nos ocupamos más de lo que está pasando (vuelve el presente a hacer su aparición).

En el futuro puede que queramos cumplir sueños, de los que pensamos en el presente, por ser factibles o realistas. O seguir soñando despiertos, para que sirva de válvula de escape, en los casos de no cumplirse. En cualquier caso, el futuro da para mucho, sin haber llegado aún.

PRESENTE…

El presente se siente confuso, con desequilibrios según la hora del día, la actividad realizada o la compañía concurrente. El presente es un ahora sin demasiadas motivaciones, alguna que otra obligación y pocas intenciones de futuro. Un presente que es ya, donde se aprovechan las oportunidades y retos, pero sin más sensación que realizarlas.

El presente es vivir, sobrevivir, comer, dormir o hacer lo que toca. Escanear documentos para nada, escribir para desahogarse, llamar por teléfono para resolver dudas o intentar relajarse, haciendo algo de ejercicio, o tirarse en el sofá.

El presente es entender a aquellas personas que nos rodean, las que manifiestan soledad, apatía o desmotivación. Las que se sienten plenas, felices y con energía para compartir. También las que se ven perdidas, sin saber qué rumbo coger o qué decisión tomar. Y las que están, y ya.

El presente es ahora, hoy, ya mismo, en este momento, actualmente. Es mismamente esto…o quien sabe si ya pasó. Es lo que tenemos para sentirnos bien, para cambiar si algo nos incomoda o hace que parezcamos titubeantes ante algo o alguien que se nos aparece. El presente es…

PASADO…

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Pasado. Aludimos al pasado, echando de menos aquellos momentos vividos con 6, 14 o 20 años, o ayer, lo que hacíamos y con las personas que estábamos.  Recordar el pasado, nos encuentra con el “y si”, y nada podemos hacer al respecto. En aquel presente, se decidió la actuación realizada. Lo adecuado es asumirlo y no dejar que los sentimientos de culpa nos aborden.

El pasado nos presentó conocimientos y experiencias que ahora tenemos, que nos han hecho ser como somos. Ese pasado nos gusta más porque forma parte de nosotros y parece que le hemos dado algún uso.  Otras veces lo usamos para comparar, se abre entonces un abanico de emociones, porque según sea la situación o el problema planteado, así nos sentimos.

En ocasiones, parece que el pasado se instala en el presente, en el devenir diario porque lo rememoramos y eso impide el avance, el crecimiento continuo. Imagino que no se ha superado algún momento vital y estamos estancados, nos regodeamos en recuerdos, en instantes que no nos pertenecen, porque no están y dejan que nuestro presente no sea pleno, puesto que nos sentimos anclados a ello.

Al hablar del pasado, aparecen nombres propios, lugares, un montón de relaciones mantenidas por una razón u otra, en emplazamientos concretos, que, ahora en el presente, nos hacen reír o llorar, enfadarnos, sentir melancolía, plenitud o cientos de emociones, según el caso. Ayyyyy.

PALABRAS…

Locura. Barcelona. Primas. Sevilla. Patines. Ordenador. Separaciones. Certificado. Lesión. Piscina. Cursos. Coruña. Turismo de interior. Iván. Tatuajes. Música. Talleres. Bienestar. Paciencia. Tristeza. Sentido de vida. Familia. Yo. Blog.

Podían ser más, muchas más. Se me amontonan en la mente y junto a ellas todas las emociones que me produjeron y las situaciones vinculadas a cada una de ellas.

Que este año traiga, nos traiga a todo el mundo más palabras, emociones, realidades y experiencias. Y salud, esa que siempre esté presente.

CONVIVENCIAS…

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Hace un montón de tiempo que no me paso por  algunos lugares, que no coincido con determinadas personas. Siento una especie de síndrome de abstinencia, que intento disimular ocupando mi tiempo en otros quehaceres, pasando por otros sitios o llenando mi mente con pensamientos alternativos, sin pensar demasiado.

Cuando te acostumbras a una situación, a unas personas, el hecho de abandonarlas, cuesta trabajo. Se pretende acudir, responder, pero hay que elegir y establecer prioridades. Intentas buscar huecos, pero te das cuenta que los agujeros ya están ocupados. Así que toca esperar hasta que puedas volver a ese lugar, con esas personas y que puedas disfrutar de momentos agradables.

Es cierto que las nuevas compañías, los recientes lugares pueden asustar, sobrepasarnos, pero como te dan la bienvenida con los brazos abiertos, la adaptación es fantástica. Por eso recomiendas visitas recíprocas, para que celebren la vida, las oportunidades, el conocer gente estupenda, para dar las gracias por ese intercambio de experiencias y sintonización emocional.

Además esos puntos oscuros, esas debilidades personales, las han ido transformando, fueron poniéndolas luz para que se vieran más claras y fuertes. Es un gusto encontrarse con personas que tienen la fuerza de cambiar las cosas con su actitud y te inoculan el virus de la positividad, el buen rollo, el saberse querer.

Sin duda, acercarnos a esas personas y lugares, celebrar la convivencia, entre el pasado y el presente, para caminar hacia el futuro, es una de las mejores ideas para comenzar bien la semana. Anímense .

TELÉFONO…

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Vaya, hoy hay avería y no funciona el teléfono, también se ha caído la red y no podemos comunicarnos a través de las redes sociales. Y ahora, ¿qué hacemos? Si yo sólo quería oír tu voz y charlar un poquito.

En ocasiones, sólo pedimos hacer una llamada, en otras, recibirla.  Si ha sucedido algo que nos afecta, que nos supone un altibajo de emociones, deseamos realizar una llamada, conectar con alguien a través de  la tecnología, o bien llamar al timbre. Sentimos la necesidad de contar lo bueno que nos ha pasado y lo malo que hemos padecido. Una llamada para hacernos conscientes de lo que sentimos, para reflexionar sobre lo ocurrido, para que la persona que nos escucha, nos confirme o niegue lo que pensamos.

Cuando buscamos que el teléfono suene y no ocurre, nos ponemos nerviosos, un poquito enfadados, o  tal vez, nos da igual porque sabemos que la persona tiene mala memoria o mala conciencia, vete tú a saber. En cualquier caso, lo único que nos queda claro es que no ha llamado.

También ocurre que las personas llaman demasiado, dos, tres veces al día, parece fiscalizador, pero la necesidad de apego de cada persona y su dependencia varía mucho de una familia a otra, de unos individuos a otros. Aunque no quiero escuchar que el resto son unos “descastados” porque entonces se sacan las uñas para demostrar que la presencia no se mide por el número de llamadas diarias.

No deberíamos depender tanto de las llamadas y por añadidura de los mensajes, emails, whatsapp o cualquier otro sistema de mensajería. Nadie pensaría que la comunicación acabaría siendo perjudicial, ya que la frustración aparece en las personas, al no contestar, en caso de no devolver la llamada y eso no puede ser. Debemos ser  realistas, ya que realizamos otras actividades que no requieren tener un móvil o similar entre las manos y puede que estemos con personas que, tampoco quieren que bajemos la cabeza y miremos la dichosa pantalla.

En aquellos casos donde deseamos oír la voz de alguien, pedir una explicación o simplemente charlar, seamos valientes y a la carga. Da igual que la forma de contestar no sea la esperada, tenemos que estar preparados para lo bueno y lo no tan bueno, luego ya veremos si volvemos a llamar,jajaja.

TERRAZAS…

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Hace frío y aún así, nos hemos sentado en una terraza, con el fin de aprovechar unas vistas privilegiadas. Es importante tener un lugar donde mirar, donde grabar imágenes en nuestra mente, que irán directas a nuestro corazón. En esa misma terraza, se recuperan recuerdos y flashes de vida.

La terraza elegida nos muestra la imagen reconfortante que necesitamos, la foto relajante, el instante preferido, que nos da calma y a la vez, energía. Cuando estamos en ese lugar, que nos aporta seguridad, rememoramos los buenos momentos, las personas con quiénes estábamos, lo que hacíamos. Disfrutamos de las vistas, con lo mejor que tenemos dentro.

Hay personas que se transportan a casa de los abuelos, allí pasaban el fin de semana, les encantaba ir a dormir, a comer lo que preparara la abuela, a dar besos al abuelo y todo aquello era una felicidad máxima. Otras personas, recuerdan un amor pasado, con una sonrisa en los labios, a pesar de no haber terminado bien. Se recuerdan los momentos vividos, las anécdotas que hicieron reír y a las personas significativas.

También esa terraza propicia el instante donde se piensa en las situaciones oscuras, dramáticas que forman parte de nosotros. Eso, también, les han convertido en las personas que son. Cierto que duele más, que nos hace entristecer, que nos bloquea por segundos, (pocos o millones). No todo tiene carácter positivo, aunque todo es aprendizaje y reconstrucción.

GRACIASSSSSS…

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Dar las gracias ayuda a sentirnos mejor, reconocemos a otras personas lo que hacen y eso  les sirve para sentirse a gusto y bien. No todo el mundo da las gracias, algunas veces por vergüenza, otras porque no lo consideran, el egoísmo forma parte de ellas y piensan firmemente que se lo merecen. A mí, me toca dar las gracias a esas personas que han hecho que la rutina cambiase un poco.

Gracias por la compañía, la antigua, la nueva y esa gente extraña que aparece unos minutos en tu vida. Por los descubrimientos musicales, que luego harán aflorar los recuerdos, nos harán mover los pies y canturrear. Gracias por las risas y las angustias, que también forman parte de la vida, que hacen conectar y unir a las personas.  Por esas conversaciones variadas, unas de gran carga emocional, otras de besugos y las que no dicen palabras, las que más cuesta entender. Gracias por esas fotos a través del teléfono o las que se hicieron en la piel, algunas personas.

Gracias por el avance lento, algo que hay que mejorar, gracias por los mensajes, las contestaciones y las miradas. Por  los  desfases horarios, el mal descanso y alimentos de toda índole. Gracias a ellas y ellos, de allí, de aquí y otros lares. Continuamos…