DIMES Y DIRETES…

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Cuánto daño pueden hacer los rumores, acabar con ellos es un trabajo a largo plazo. Como personas deberíamos cuestionarnos la información que nos llega, no haciendo caso a lo primero que escuchamos, sea de la índole que sea. Un periodo de reflexión y análisis no viene mal y ayuda a que nuestra percepción y cognición “intenten” mantenerse en la realidad certera. La gente no sabe distinguir rumores de verdades objetivas, a partir de ahí la información falsa comienza a circular a velocidad de vértigo. Los dimes y diretes provocan curiosidad y  eso explica su facilidad de propagación.

Debemos hacer frente al rumor de forma consciente, intentando comunicarnos con la otra parte, escuchando, con actitud positiva, gestionando las posibles emociones desagradables que puedan aparecer, preguntando el para qué de esas afirmaciones, que desde tu punto de vista son incorrectas e intentan hacerte daño. Cuando somos los protagonistas de los rumores, la templanza a la hora de escuchar es de suma importancia para hacer frente a esas habladurías y salir del atolladero.

Pregunta, propicia dudas acerca del argumento, maneja la curiosidad, enseña otras realidades, tu realidad. Estate cómodo al mostrar tus razonamientos y sobre todo, “se dice, se cuenta”, omitirlo, porque para bien o para mal eres tú quien dice y cuenta las cosas. Se puede crear el contrarrumor para desbaratar el rumor.  Consiste en difundir la verdad para contrarrestar el propio rumor, con datos reales y concisos que demuestren que lo que se dice por ahí, es incorrecto, una patraña.

A veces es sin mala intención, pero el mensaje va cambiando y perdiendo fidelidad cuando se transmite de unos a otros, se añaden u omiten detalles. Todo ello distorsiona la realidad, dañando las relaciones personales. De ahí, la necesidad de cotejar informaciones para no hacer daño gratuito.

Hay un parecer generalizado donde los demás, el resto de la gente sabe más del otro que la propia persona en sí. Algo curioso cuando somos uno mismo quien vive y experimenta todo lo que pasa a nuestro alrededor. Además hay personas que se atreven a cuestionar lo que dices, acusándote de mentiroso, según ellas, estás entre la espada y la pared y lo que es verdad es lo que dicen ellos, que por algo está extendido.

Esta clase de actividades lúdicas que suceden en todos los ámbitos de la sociedad cabrean un poquito, los dimes y diretes pueden traer consecuencias catastróficas en la vida de las personas. Debemos tener cuidado en lo que transmitimos a los demás, en lo que escuchamos para evaluar si es cierto o no. No seguir la cadena del rumor, ni entrar en este juego, porque cuando toca ser protagonista, el papel no es nada agradable.

MIEDO…

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El miedo es otra de nuestras emociones básicas. Puede que sea desagradable cuando nos hace sentir mal pero es positivo en cuanto que nos prepara para actuar, para retirarnos de una situación incómoda, que nos asusta. El miedo nos sirve para sobrevivir, para que reaccionemos ante situaciones amenazantes.

Pueden existir miedos universales pero cada persona experimenta los suyos, dependiendo de cómo pensemos. Aprendemos a tener miedo ante determinados estímulos, unas veces por la incertidumbre que nos provocan, otras porque realmente son peligrosos y otras tantas porque los hemos aprendido o nos lo han enseñado.

Ante muchos hechos de nuestra vida podemos sentir un miedo que nos bloquea, que nos hace huir aunque deseemos no hacerlo. Sin embargo el temor a la crítica, a un desengaño nos hace correr hacia delante sin mirar ni considerar nada más. Puede darnos miedo iniciar una relación sentimental o abrir un negocio, los perros o dormir a oscuras, etc. Se mezclará con algo de ansiedad y seremos incapaces de dar una respuesta activa y pasivamente nos retiraremos. Si se incrementa pueden aparecer hasta fobias y entonces nuestra actuación, nuestra vida se limitará aún más, no dejando tiempo para la improvisación, ni para compartir, ni para poner en funcionamiento mecanismos “liberadores”.

Vivir sin miedo tampoco es la solución porque sin sentir ningún tipo de amenaza que nos movilice, puede que nos “aniquilen” al estar de forma perenne en nuestro sitio. Sentir miedo es una especie de señal para realizar cambios con el objetivo de que desaparezca el malestar de nuestra vida.

Se dice que vivimos en la cultura del miedo, nos inculcan miedo para paralizarnos, para someternos, para crear dudas y que no nos atrevamos a crecer, a caminar. Ante eso, comencemos a dar pasos cortos, confiados, vigilando el camino, las personas con las que nos encontremos. Con confianza en nosotros mismos, con valentía de pedir ayuda o con ratos de meternos debajo de las sábanas, podemos superarlo.

Si ya hemos sentido alegría y tristeza, ahora vamos a sentir miedo. Un poquito tampoco viene mal. Buscar una mano para agarrar, una persona para que nos de un abrazo es algo que alivia y rebaja los niveles de miedo de forma considerable.

TRISTEZA…

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Ella viene y va, cuando se acerca apenas mete ruido y cuando queremos darnos cuenta ahí está, acompañándonos sin haberlo pedido. Se acopla a nuestra persona cual pegamento y nisiquiera preguntamos para qué aparece, por qué ahora.

La única certeza es que está aquí y hay que convivir con ella lo mejor posible. Al ser compañera de viaje de uno mismo y de tantos otros, tiene varias anécdotas que contar, han sido varios los momentos compartidos con ella, en distintas situaciones, algunas de ellas, vitales.

Tampoco sabemos cuánto tiempo permanecerá con nosotros pero en un hueco libre hemos hecho acopio de instrumentación y herramientas para tener una convivencia pacífica y nada traumática. Puede que comamos demasiado o poquísimo, tal vez el sueño no nos acompañe o disminuya la atención, pero al ser una compañera eventual, a veces acompañada de lloros, al menos sabemos que, llegando a cierta parte del trayecto, se apeará en la estación correspondiente. Ya se subirá de nuevo para acompañar a otra persona.

Ella, la tristeza pasajera es así, aparece y desaparece, proporciona ocasiones para la reflexión, la introspección, a la vez que motiva para el autocuidado, la actividad, el movimiento. Buscamos un tiempo para ver qué esta pasando, escuchar lo que nos tenga que decir, porque en muchos casos sabemos la razón de ese estado. Está bien invitarla para que visite otras personas y puedan disfrutar de ella, es necesaria.

La condición es que la tristeza venga a nosotros y se vuelva a ir, que no permanezca demasiado a nuestro lado porque sino estamos hablando de otra cosa más preocupante. Bienvenida tristeza pasajera.

FELICIDAD…

Está claro que la felicidad, es un estado satisfactorio para las personas, pero de ahí a estar presionadas para buscarla constantemente, y encima sentirnos mal porque no está al lado nuestro, ufff. Eso sin añadir la absurda competición dentro de redes sociales para tener muchos seguidores, likes y mostrar a todo el mundo lo felices que somos mediante fotografías y demás parafernalias.

Tanta sonrisas, tantos buenos momentos, finales felices en las películas, melodías pegadizas y cientos de consejos del vecino, de la amiga, de la persona que vende fruta o frases maravillosas, que “tiran” sobre nosotros la felicidad para que la cojamos fuertemente.

La felicidad existe, y la tristeza también, las inquietudes, el nerviosismo y la mayoría de las veces, las grandes ideas o genialidades, las cosas ordinarias salen de ese estado, que luego desemboca en felicidad pero el germen no es ella misma sino otras emociones y sentimientos necesarios para crecer, experienciar y ser felices.

De acuerdo, seamos felices pero no por imposición. Busquemos momentos felices porque nos lo pide el cuerpo, porque queremos, porque no encantan las arrugas que salen al reírnos.  Si los demás son tan felices y lo demuestran en sus redes sociales, en sus vidas, bien por ellos y ellas, pero que no te deprima porque tú vives tu vida, con tus fotos e instantes, que compartes con quien crees conveniente.

Ahora mismo, mientras lees esto seguro que te viene a la cabeza la felicidad que sentiste ese día, con esa persona, o ese momento de risas cuando intentabas aparcar o cuando montaste en el tren y tu compañero de asiento te ofreció un viaje maravilloso, lleno de anécdotas. O tras ese mal trance, cuando te sentaste en un banco del parque a comer pipas o esa noche que dormiste de un tirón o lo que sea que te proporcione felicidad, tu felicidad.

El ser feliz, el sentirse feliz depende de un elemento principal, central que luego podrá utilizar lo que tiene a su alrededor para aumentar o disminuir el nivel de felicidad. Hagamos que ese elemento, tú, esté en las mejores condiciones para funcionar correctamente y con herramientas suficientes en caso de futuras reparaciones.

PARTES…

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Las partes, a la hora de abordar un conflicto sería conveniente que tuvieran pautas, patrones o modelos para afrontar las distintas situaciones. Muchas veces, el conflicto surge por el significado que le damos a los estímulos recibidos, entonces es importante trabajar las actitudes mentales y buscar actividades gratificantes para generar bienestar. Otras veces, la discrepancia entre la realidad y lo que se percibe como real es lo que desencadena el desequilibrio, las diferencias. La forma como entendamos, comprendamos y afrontemos los conflictos tienen que ver con la emoción y los sentimientos, por lo que se hace necesario controlar las emociones para que la resolución del mismo sea posible. Es preciso canalizar emociones para racionalizar.

Cuando el problema es con otra persona, la comunicación es fundamental, porque la falta de ella, origina malos entendidos y discrepancias. Por ello es importantísimo conversar, dialogar entre las partes,  y sobre todo saber escuchar. La comunicación inadecuada y las cargas emocionales son graves interferencias para resolver conflictos, por eso el uso de las distintas habilidades sociales se hace indispensable.

Es preciso establecer un diálogo abierto y reflexivo, orientado a la  solución, utilizar un lenguaje diferente, alternativo, que permita la autocrítica, la reflexión continua y la apertura. Utilizar la dialéctica de forma continua, con indagación, compartir, explorar ideas, pensamientos, sentimientos. Dialogar, hablando, escuchando  para que se produzca una transformación en ambas partes y se superen los problemas, sin limitarnos, para no etiquetar.

En nuestra vida queremos conseguir algo, satisfacer necesidades y nuestros movimientos van en esa dirección, sino se consigue puede aparecer la frustración y entonces hay que poner medios para canalizarla y/o superarla. Tenemos que hacernos protagonistas de nuestra vida, de los conflictos, ser conscientes de que la solución está en nosotros (empowerment). El cambio empieza en uno mismo aunque el conflicto es cosa de dos y debemos confiar en la otra parte, porque se busca el reconocimiento de responsabilidad mutua,  la generación de soluciones, el bienestar emocional para superar las diferencias, y llegar al acuerdo.

Indispensable que las partes no utilicen una estrategia ganar-perder sino negociar y satisfacer sus necesidades e intereses, superando las posiciones iniciales, con buena fé, colaboración y respeto.

RECURRENTES…

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Tela, telita cuando las personas se obsesionan. Es increíble como empiezan a pensar en algo, le dan vueltas y acaban convirtiéndolo en realidad, su realidad y su verdad. Luego el trabajo lo tienen que realizar las personas de alrededor para hacerles ver que “ese mundo real” no es el mundo y que los que viven en “ese mundo real” no hacen, ni deshacen, ni existen en la realidad que habitamos.

Se obsesionan con algo, con alguien, y eso les produce cabreo. Ese cabreo se acrecienta porque no alcanzan la meta propuesta y cualquier circunstancia la perciben como amenazadora. Los que están en torno a ellos pueden contagiarse en ese bucle de negatividad y mal rollo, así que emplean mil y un recursos para parar esa espiral, para que aparezca un poco de sentido común y pensamiento racional.

Desde luego, como nos liamos, como malinterpretamos señales, llevándolas a nuestro campo, cuando, en realidad, tienen que estar en campo neutral. Sorprende la cantidad de mundos paralelos que se crean las personas, con identidades diferentes, con mentiras y callejones sin salida. A veces, con el único motivo de no poder aceptar la realidad como es, como se presenta.

Supongo que todo el mundo en algún momento se ha sentido desbordado por una situación y ha empezado a divagar, a pensar más de la cuenta, a utilizar los “y si”, en vez de centrarse en lo que podía hacer, obsesionándose en alcanzar lo inalcanzable, en criticarse sin haber motivos para ello, sin hacer un ajuste a nuestras capacidades, o no recurriendo  a las personas del entorno para pedir ayuda.

Sería importante poner una sonrisa en la cara, acompañada de un cuerpo relajado y abierto, con intención de cambiar perspectivas, poder practicar alguna técnica de relajación o ejercicio físico, distraernos y sobre todo buscar momentos felices.

 

 

PACIENCIA BIS…

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Hace tiempo publiqué una entrada hablando sobre la paciencia y en estos días la retomo porque hay que tener mucha paciencia al tratar con personas y sus peculiaridades, porque es preciso tener paciencia hasta que se ven los resultados esperados, porque la inmediatez no existe a pesar de las presiones que padecemos, (todo lleva su tiempo, corto o largo).

El diccionario ofrece varias definiciones: “Capacidad de padecer o soportar algo sin alterarse. O capacidad para hacer cosas pesadas o minuciosas. O facultad de saber esperar cuando algo se desea mucho.”

Dentro de las relaciones humanas es algo que muchos padres, madres y educadores, personas en general, desearían poseer. Es importante que seamos pacientes en nuestro trabajo, en la vida y para ello tenemos que tener en cuenta varias cosas y una de ellas es saber esperar, o que todo se consigue ya mismo, sino que existen unos tiempos. Lo mismo para niños, que adultos o personas mayores.

En los niños, lo de no obedecer a la primera, contestarnos, jugar sin parar, no hacer las cosas que se les dice, hacer algo por su cuenta…Todo eso forma parte de su crecimiento y cuando ocurre debemos saber que es algo normal, A veces eso produce en el adulto cierta incomodidad pero deben aprender normas y límites, regularse, hasta que por fin nuestra paciencia y sus objetivos sean compatibles. En personas de la tercera edad, ocurre algo parecido, encima hay que “luchar con derechos adquiridos”, dada su edad y experiencias vividas.

La paciencia está presente en nuestras vidas de forma continuada, tiene que ver con la atención que nos demandan. En demasiados contextos, van a pretender que estemos ahí las 24 horas del día y según haya sido nuestro día, tendremos más o menos ganas. Trabajar nuestra paciencia va a ser fundamental para que nuestro estado general sea lo mejor posible.

Además está el tema prisas. Hay personas que  parecen no tener prisa, ni para comer, ni prepararse, ni para nada de nada. Así que no queda otra que tener paciencia, no hay prisa, jejeje… Cada persona tiene su ritmo. Unas porque no son conscientes del concepto tiempo y otras porque quieren que los demás esperen por ellos. Paciencia!!!

En nuestros  primeros años actuamos de acuerdo a impulsos e inmediatez, no sabemos esperar y mucho menos tener paciencia, queremos las cosas de hoy para ayer. Para que, nosotros mismos, tengamos paciencia no debemos perder el control, hay que observar, esperar y llevar a cabo la mejor opción para que la situación tenga buen final. Lo difícil es tener paciencia cuando estamos enfadados, tensos, negativos. Si podemos poner tierra de por medio mucho mejor, alejarnos de la situación. Respirar y sobre todo no tomarnos la situación como ataque personal u ofensa.

Centrar nuestra atención en lo que nos importa o interesa y “a palabras necias, oídos sordos”, es decir no centrarnos en insultos o descalificaciones sino en lo que realmente nos interesa.

Escuchar nos dará otra visión de la situación, al mismo tiempo la persona se sentirá arropada y la situación no se desbocará. Con calma y poniendo nuestra cabeza a funcionar en modo centrado, todo nos va a ir mucho mejor. Cuanto mejor manejemos situaciones tensas, más nos haremos amigas del sosiego y la paciencia.

RECUPERACIÓN…

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Recuperarse requiere tiempo. Podemos hablar de volver a nuestro estado normal tras la realización de ejercicio o sentirnos despiertos, tras no dormir demasiado o tener un ánimo relajado y contento, después de un desengaño, tampoco debemos olvidarnos de las recuperaciones postenfermedad.

Recuperarse de una crisis requiere  tiempo, puede ser mayor o menor, dependiendo de la persona, de sus ganas de volver a ser la de antes. De regresar a las rutinas, de olvidar esos trances, o de la profundidad o gravedad del hecho.

Lo importante, más de lo que pase en sí, es la capacidad de reacción al suceso. Tener ciertas herramientas para afrontar la situación, aprender o reaprender a sentir, pensar y actuar para hacer frente a lo que está pasando. No significa estar bien, ya que estar mal, forma parte del proceso. Es necesario estar mal para estar bien, intentar manejar esas emociones intensas.

Podemos desarrollar una autoconciencia para que nuestra dependencia no sea extrema y ante episodios traumáticos, no seamos tan vulnerables. Si somos capaces de relajarnos cuando nos invade el nerviosismo y la ansiedad, es otro factor que ayuda. Está claro que cada uno tendremos nuestras formas y maneras de recuperarnos y aunque todo sale de nosotros, de la intencionalidad que pongamos, la ayuda del entorno es muy significativa.

Y aunque veamos que la recuperación es lejana, llegaremos a ella, no podemos evitar ciertas cosas, pero sí el modo de percibirlas y eso las hace más superables. Aparte que el cambio es parte de nuestra vida, aunque nos gusten más unos que otros.

Estar alerta ayuda, entretenido con actividades, trabajando nuestra autoestima, con visión positiva, riéndonos, observando o preguntando qué han hecho los demás en esas situaciones. Múltiples actuaciones pueden servir para recuperarnos, el principio es poner de nuestra parte para conseguirlo.

Recuperarse y volver a ser la persona de antes, requiere esfuerzo, que la cabeza no divague demasiado en el tema que nos enturbiaba el corazón. Luchar contra los pensamientos o emociones para que aparezcan otros nuevos, más saludables y seguir hacia adelante, que es lo que toca.

DESAPEGO…

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Rebuscando y leyendo por ahí me encuentro con el tema del desapego. Nos suena más la teoría del apego, cuando establecemos con alguien de nuestro entorno un vínculo afectivo especial, en la mayoría de los casos, el bebé con su madre.

Cuando hablamos del desapego, no sólo nos referimos a desvincularnos de los demás, no quiere decir que nos apartemos de la gente que nos quiere, tan sólo hemos de marcar distancia. Que debemos de centrarnos en el aquí y ahora para conseguir nuestras metas y deseos. Que tenemos que trabajar para buscar lo que más no convenga, buscando la felicidad, aminorando los momentos infelices, asumiendo esa realidad que no siempre nos contenta. Discusiones familiares, problemas en el trabajo, divagaciones morales o pensamientos contradictorios, son ejemplos de ello.

Si la vida consiste en dar y recibir, en constante movimiento, no podemos hacernos responsables de que hemos dado poco o mucho, y que por eso los demás no son felices. Precisamente, el desapego quiere evitar eso, el sentirnos responsable de las vidas de los demás. Formamos parte de sus vidas, pero cada cual debe vivir la suya, con errores y aciertos. Establecemos relaciones y vínculos con las personas que queremos pero ni ellos a nosotros ni nosotros a ellos debemos someterles a nuestro criterio.

Aprender a ser autónomos sentimentales, pero con derecho a ayuda, respetando el espacio de cada cual. No hay que romper lazos, sino hacer la lazada más suave. No hay que ser egoístas, sino cultivar mi libertad junto a la libertad de los demás. No consiste en hablar de los “y si”, sino del aquí y hora. Y sobre todo, tener en cuenta que cualquier vínculo puede deshacerse, puede desaparecer y se necesita una preparación.

Habrá personas, con mayor o menor desapego, pero eso no quiere decir que sean unas descastadas.

EDUCACIÓN…

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Buscando el significado de educación, me encuentro que proviene del latín “educere”, que significa sacar, extraer y que educar tiene que ver con formar, instruir. Está claro que queremos formar a la persona para que se desenvuelva en la sociedad que le toca vivir. Que sea capaz de ser cortés, delicado, de presentar cierto civismo en las relaciones con los demás. El tener o no este tipo de educación nos hace avanzar.

Al hablar de educación, también, nos viene a la cabeza, el formar a la persona para que desarrolle sus habilidades intelectuales, se le ofrece contenidos de diversos ámbitos, para que los aprenda y le sirvan en su desarrollo personal.

Está claro, que cuando nos encontramos con niños y jóvenes, buscamos que sean educados con nosotros, que entiendan y atiendan a las normas, que sean amables. En ello tiene mucho que decir la educación recibida en casa, las normas o límites que marcan sus progenitores. El hecho de que conozcan las consecuencias de lo que hacen.

Lo que cambia un niño, si sabe a qué atenerse o por el contrario, su vida es un desequilibrio, según el humor de los mayores. Quiero niños educados a mi alrededor, que puedan tener sus rabietas,  sus momentos de oposición pero que eso no sea la tónica general de su comportamiento. Y quiero que los adultos que los acompañan en su crecimiento, no se ofusquen, que hoy no den premios y mañana les cubran de privilegios sin medida.

Es preciso tratar y que nos traten sonriendo, con cordialidad, siendo considerados y moderados en lo que hacemos o decimos. Si sabemos respetar, ya tenemos mucho ganado, si dejamos de lado gestos ordinarios o gritos, actitudes prepotentes, todo irá mejor.

Si somos educados, los demás también serán educados con nosotros, la gente que nos rodea observará cómo nos comportamos y les serviremos de modelos. Aunque, a veces, para tener educación es necesario que nos re-eduquemos nosotros primero.